Cuando su cabeza rebotó en el piso, sintió que algo se rompió. Algo se movió dentro de su memoria. Vio la cuchara en la mesa. Cuando esa mano apretó su cuello tratando de asfixiarla, comenzó a recordar. Ahora veía todo claramente.
Fue a los catorce años. El monstruo llegó borracho, lanzó el miserable plato de comida contra la pared, el huevo se reventó con la misma violencia con que la bestia abofeteaba a su madre, hasta dejarla, como tantas veces, inerte en el piso.
El pecho de la niña, que observaba la escena desde una esquina, se inflamó de indignación y fue en defensa de la mujer, pero el gigante fue más rápido, más violento, más decidido. Ella rodó por el suelo y al chocar contra el muro, sintió en su cara la comida, todavía tibia, que el engendro hubo arrojado a la pared.
Entonces todo calló. El mundo pareció detenerse, expectante de lo que sucedería. La habitación hizo un sagrado silencio, para escuchar los abominables pasos de aquel avatar del infierno que se acercaba con un ritmo asincrónico, resultado inequívoco de la ingesta de caldos maléficos, mientras la cuchara que observaba desde la mesa se deleitaba ante el cruel espectáculo.
La tomó por el cuello y apretó. Tuvo un leve escalofrío cuando sintió la respiración del Némesis de su infancia junto a su cara aún de niña. Las torpes manos de borracho apretaban sus pechos, su secreto orgullo adolescente, mientras salvajemente le despojaba de su brasier, y la seca lengua degustaba placenteramente su cuello. Entonces, con la sutileza de un rinoceronte, le quitó las bragas infantiles.
Fue toda una eternidad cuando la presión en la entrepierna recién florecida le hizo recordar cuando en su infancia el monstruo “jugaba” con ella. Entonces no era siniestro. Ella sentía un calorcito agradable y un sube y baja en el estómago: amaba a su padrastro. Constantemente hacían este juego.
Todo se acabó cuando su madre lo supo. Muchas décadas después, ante una muda cuchara, lloraría con sus lágrimas de vieja, en la húmeda y oscura celda, la injusticia del mundo, de aquella mujer que no la protegió, de aquella que le volvió la espalda por haberle robado un momento al día a su hombre, de aquella a la que habría de defender tiempo después y que por su culpa…
Entonces el minotauro torció el pie y con el peso de su cuerpo cayó hacia el lado. Su enorme cabeza rompió la cerámica de la pared del laberinto. Cayó en cámara lenta, y ella, como Teseo, cumpliría su destino.
Antes había sido estudiado. Ya no aguantaría otra violación, y lo planeó todo: el día, la hora, el lugar en que lo enterraría. Todo sería perfecto. La madre, que ya no lo soportaba, sería quien la ayudaría en el desmembramiento y en la reducción del cadáver. Y así se hizo: nunca más volverían a sufrir abusos de otro hombre
Esa noche, en la cama, el leviatán se iría con el sueño: un profundo corte a la garganta. La cuchara sería único testigo del trabajo de la sierra y del serrucho.
Cuando las garras del ogro soltaron el cuello, un torrente de sangre fluyó descontroladamente hacia el cerebro. Algo extraño le ocurrió: ya no sentía rabia, ni dolor, ni pena, ni miedo… ya no sentía. Su cuerpo se dirigió por si solo hacia la herramienta, hacia el silencioso espectador de su vida, hacia la cuchara. Parecía como si ella hubiera esperado pacientemente toda la vida de la muchacha a que llegara este momento; fue como si el cuerpo supiera, desde la más tierna infancia, lo que debería hacer ahora. La mano se movió mecánicamente y cogió el frío metal. En la cara se dibujó una sonrisa, los ojos muertos, la espalda encorvada.
El hombre abrió los ojos, pero debido al golpe en la cabeza no pudo moverse. Vio con horror a un desencajado rostro, congelado en una mueca indescriptible, embelesado en la cuchara que ella sostenía con la mano derecha. Intentó pronunciar unas palabras conciliadoras, pero nada salió de su mandíbula atascada.
La cuchara buscó el camino más fácil entre la piel y tendones de la articulación del codo. El antebrazo cedió. El hombre, más conciente que en toda su vida, gimió espantosamente de dolor, mientras la cuchara se acercaba peligrosamente a su cuenca derecha.
Después de una hora los dientes ya no estaban en su sitio y la tarea era ahora sacar la mandíbula. Los muñones de los brazos se movían al fin producto del dolor. Ya sin boca, se dirigió a la entrepierna: poco trabajo le dio a la cuchara ya doblada mil veces y ahora triunfante de su misión. Luego las piernas, rodillas, tobillos, orejas, nariz. Luego la piel completa.
Cuando la policía llegó, mascaba desesperadamente y en un éxtasis desenfrenado el intestino, y reía nerviosamente mientras sus uñas despedazaban grotescamente el saco estomacal, llenándose el vientre de jugos.
Ese día nació la maldad en el mundo y se repitió cada vez, la misma escena, el mismo pavor, la misma maldad, cada tarde y cada noche, por el resto de los días, a la misma hora en el manicomio, a la hora de la cena, a la hora de la merienda, al desayuno: cuando le obligaban a comer con cuchara.
jueves, 27 de diciembre de 2007
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4 comentarios:
Ese cuento es demasiado bueno, es genial, raya la perfeccion, yo lo tengo en mi poder, y cada vez que lo leo, es escalofriante es demasiado perturbador.
se paso....
Gracias, Carlos. La verdad es que tu comentario me motiva a eguir escribiendo. Ahora estoy trabajando en otro cuento, no sé si sea muy bueno, pero cuando lo termine me gustaría que lo leas, en una de esas te gusta. Gracias
Erik Rodriguez
Fraks Gonzales
Nos parecio un cuento realmente bueno,escalofriante nos dio mucho miedo al leerlo pero le encontramos un contenido realmente imprecionamte porfavor no deje de escribir cuentos ya que son muy buenos e interesantes
Relato soberbio, sublime; totalmente completo. Es increíble como enfocas toda la historia en un objeto tan común como una cuchara; retratando el lado más perverso del ser humano, lo que todos nosotros en fin de cuenta somos.
Cristina.
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